Drone day

El atardecer era especial e inquietante para Flora. Preparándose para asistir a la ceremonia, fiesta o festival, no se sabía muy bien, sintió una mezcla de ansiedad y una expectativa extraña. Se miró al espejo en la habitación que compartía con su madre desde hacía años; una habitación en la que las grietas del techo, precariamente reparadas, aún recordaban la cercanía de las explosiones que habían sacudido sus vidas durante años. Su madre, sentada en la cama, se levantaba de una larga siesta y se ajustaba meticulosamente su pierna protésica, un modelo que, avanzado en materiales y diseño, contrastaba enormemente con las pobres condiciones materiales y acabados del espacio que ocupaban. Ni siquiera los vivos colores con los que habían tratado de alegrar aquellas cuatro paredes, habían hecho mucha justicia con aquellos paramentos literalmente desencajados. La habitación estaba coronada, eso sí, por una amplia cristalera todavía intacta y un generoso balcón por el que el sol se ponía de refilón. No era verano, pero por su posición, el horizonte daba la impresión de ponerse a su altura, que tampoco era precisamente una planta baja. 


Flora respiró profundamente, casi como un acto reflejo, sin una intención clara. A la vez recordaba perfectamente el día en que su madre perdió la pierna y como ella se lo había contado. Ella era paramédica voluntaria y había visto demasiado, no era una mujer que escondiera o endulzara la realidad, ni tan siquiera para la persona que más quería en el mundo, que Flora estaba segura de que era ella.

Para ser breves, los hechos ocurrieron así:  En plena intervención sobre un herido, un gran drone médico, diseñado para transportar heridos pero modificado para el combate, había caído sobre la tienda, hundiendo sus aspas diseñadas para cortar cables y tendidos eléctricos, sobre la tela impermeable de la tienda y alcanzado finalmente su pierna. Le destrozó la carne y el hueso del fémur con precisión quirúrgica. No tuvo manera de seguir operando, aunque continuó dirigiendo la escena mientras hacía lo que podía con aquella parte de sí, que le colgaba. Una vez asegurada mínimamente la hemorragia con cualquier cosa que le habían dado, intentó seguir, pero su desmayo se sincronizo con el inicio de la parada cardíaca del herido que estaba esperando. Cuando abrió los ojos de nuevo, simplemente dio gracias por no haberse ido ella. En la mesa sí se fue uno más, de los cientos de chavales, que había visto irse de las formas más terribles e injustas.

Sin darse cuenta, se volvió hacia la puerta cuando oyó la voz alegre de su madre. “¿Lista?”, preguntó ella desde el dintel, sonriendo como siempre, iluminando aquel espacio con su calidez natural. Flora se sintió reconfortada por su presencia, aunque interiormente inquieta por aquellas rumiaciones. La idea de asistir a una ceremonia pública le ponía algo nerviosa, especialmente cuando intuía que seguramente habría la típica aparición estelar de cientos de drones con luz, dibujando diferentes motivos en el cielo. Artefactos que hasta hace muy poco significaban únicamente la posibilidad de una muerte cercana.

Al salir a la calle y mientras avanzaban lentamente por aquel barrio que volvía poco a poco a reconstruirse, Flora siguió dándole vueltas a sus relación con los drones. Había convivido con su sonido desde bien pequeña y había aprendido a identificar el sonido particular de cada uno de ellos y sus modelos; distinguía claramente el ruido agudo y constante de los drones de vigilancia caseros, el zumbido más grave de los drones con las cargas más grandes y hasta la leve vibración casi silenciosa de los drones espías, más sofisticados y caros, independientemente de su tamaño. Construidos para durar, no para explotar cerca de algún lugar, enemigo o cosa.

Qué raro es todo ahora, ¿verdad? preguntó su madre, mientras caminaban con garbo, sin observar algunas pilas de escombros y otros residuos que se iban encontrando a las afueras del barrio. Ella era consciente de que Flora no había conocido las calles sin ellos. 

¿Qué cosa? respondió Flora, tratando de salir de su repaso mental a aquel marco en el que le había tocado vivir. 

Caminar así, simplemente pasear sin miedo constante, sin tropezar con nada o pisar restos de cualquier cosa que podría haber sido reventada. Nunca pensé que llegaría a vivir esto otra vez.

Su madre hablaba con cierta esperanza, pero Flora a su edad, rondando los 20, sabía que, en realidad, ni siquiera podían confiar plenamente en aquel tratado firmado por aquellos líderes hipócritas y su paz, seguramente y necesariamente inestable. Por el momento.

Imagen extraída de este articulo > https://es.digitaltrends.com/drones/dron-ucrania-bomba-molotov/

Llegaron a la plaza principal justo cuando comenzaba el espectáculo. La música electrónica, un chunda-chunda hortera de manual, envolvía el ambiente, que era alegre y vibrante por las esperanzas fundadas de cientos de personas que estaban presentes. Ni rastro del zumbido habitual de esos drones en los que ella venía pensando.

Rondaban las 8 de la tarde cuando en los últimos rayos de luz y entre el barullo, miles de drones iluminaron aquel cielo negro, todavía un poco anaranjado, formando figuras abstractas, patrones geométricos precisos, retratos gigantescos de líderes políticos y lo que parecían las caras de algunos soldados caídos. Era hipnotizante observar cómo cada drone, colocado con precisión milimétrica en aquel infinito vespertino, creaba junto a los demás las líneas rectas perfectas y círculos exactos necesarios. Lo más impactante era ver cómo, al apagarse sus luces, aquellos miles de drones desaparecen instantáneamente en la oscuridad absoluta, invisibles, como si nunca hubiesen estado allí. Sin embargo, esta vez no los podía oír, ocultos entre aquella multitud expectante. También pensó que apenas había visto un par de espectáculos así en su vida, aunque de eso ya le había hablado extensamente su padre. También tenía padre pero en aquellos días, hacía ya más de seis años que no sabían nada de él.

Flora, todavía metida en sí misma, contemplaba fascinada las formas que se deshacían y reconfiguraban continuamente, hasta que algo perturbó el ambiente de aquella armonía perfecta. Escuchó, mientras observaba al frente y como si hubiera sido solo ella entre aquella multitud, el fugaz sonido de algunos pequeños drones, invisibles al no tener las luces encendidas, que escapaban silenciosamente del enjambre principal.

Volvió a repasar la sensación y llegó a la conclusión de que en efecto, aquel zumbido bajo era frío y familiar. Miró al cielo tratando de seguir sus trayectorias en la penumbra, pero eran demasiado veloces y no pudo ver nada claro, ni hacía dónde se dirigían.
Al darse la vuelta, dispuesta a hacer como que simplemente habían pasado y la noche continuaba, escuchó una explosión que creó un inmenso y momentáneo vacío, incluso entre aquella estruendosa banda sonora amplificada y las miles de personas allí presentes.

La explosión fue devastadora y precisa. Flora no lo vio, pero los drones se estrellaron contra el mandatario y su séquito, que se encontraba en la calle, medio km arriba, aparentemente protegidos por una cubiera. Al llegar a su altura, detonaron simultáneamente sus cargas explosivas, generando una onda expansiva que sacudió el lugar entero, rompiendo cristales y reventando tímpanos a cientos de metros. Los pedazos de aquel desdichado mandatario regaron  instantáneamente a los asistentes más cercanos, a su víctimas colaterales de aquella tecnología perfeccionada durante décadas para matar y que en esta ocasión, habían tardado apenas en unos segundos en salirse del rebaño, identificar el objetivo y tomar las posiciones necesarias para hacer el mayor daño posible. No habían servido las contramedidas, ni la red desplegada para protegerlos, tampoco la guerra electrónica. Si los radares cercanos los hubieran detectado, ¿Que habrían hecho? ¿Tratar de neutralizarlos a metros de distancia sobre las cabezas de todas aquellas buenas personas celebrando su paz? Hubiera sido peor incluso, la masacre se tornaba inevitable y aunque cueste entenderlo, nadie había apostado fuertemente por la posibilidad.

Flora tiró del brazo de su madre con fuerza y ambas se movieron hacia un lado, medio revolcandose por el suelo para  refugiarse detrás de un armario metálico  que parecía para el control de iluminación semafórica. Temblaban abrazadas, sabiendo que su mundo volvía a desmoronarse. Un continuo. Una ilusión destrozada por la misma tecnología del demonio que festejaba la  paz.Cerró los ojos, abrazada a su madre de tal forma que podría haberle dislocado algo. Escuchó a la gente correr, los sistemas anti-drone de pequeño alcance, guiados por láser, dispararse. El show ahora es diferente, breves rayos rojos entre la humareda, apuntan aparentemente sin sentido. Flora sintió el vacío que sólo produce desesperanza. No quedaba lugar seguro, no había refugio y comprendió que aquello seguiría siendo su vida. 

Permanecieron relativamente tranquilas mientras la zona tras aquella pequeña caseta que también se cubría de una espesa humareda, como una niebla tóxica. Siguieron allí, refugiadas en sí mismas, hasta que la situación se calmara mínimamente para salir de allí.


Banda sonora.
Kamyki – No body gets that far > https://www.youtube.com/watch?v=2iQdMSuAzD8&t=2173s


Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Cookies free | CC BY-NC | romantorre.net v5 2025