En El Callejero, Dreide Mask (Capitán Swing), la autora, despliega una interesante mezcla de historias, anécdotas, conversaciones y comprobaciones sobre el terreno. En sus narraciones, nos revela cómo los nombres de las calles dicen mucho más de lo que, en principio, parece un simple sistema para localizar puntos concretos o encontrar personas. El libro, escrito con un tono que creo que es periodístico, nos sitúa con facilidad en los mismos lugares donde la autora ha ido a comprobar de primera mano, el origen de los nombres, los números o los sistemas de organización urbana, que nos hablan profundamente de la sociedad, del lugar y del tiempo en que se establecen.
Los saltos geográficos en la lectura son constantes, pero funcionan, ya que las situaciones se repiten con matices y los ejemplos contrapuestos ayudan a tomar conciencia de las múltiples dimensiones del asunto. Por poner dos casos muy distintos, se cuenta cómo en Nueva York, como en tantas otras ciudades, el nombre de una calle puede influir en el valor de una propiedad, hasta el punto de que algunas se han vendido al mejor postor solo para llamarse, literalmente, “direcciones de adorno”. Mientras tanto, en los suburbios de Kolkata, donde el valor inmobiliario de las precarias chabolas es nulo, lograr que tu puerta de hojalata luzca una dirección entre miles, por básica que sea, significa tener la posibilidad de acceder a alimentos o a una cuenta bancaria para ahorrar algo de dinero. Algo vital para quienes dependen de la ayuda del gobierno hindú para sobrevivir en barrios informales y delirantemente poblados.
En ese constante viaje de contrastes y por poner algún ejemplo más, la autora también nos muestra cómo en algunos estados americanos hay quien huye de tener una dirección fija, por la desconfianza que les genera estar localizados. Hasta tal punto es así, que los servicios de emergencia llegan tarde, y algunas personas mueren porque los rescatistas se pierden entre caminos. Mientras, en el Londres de hace casi tres siglos, la temprana decisión de las autoridades de crear un registro catastral fue clave para que John Snow pudiera localizar el origen de una epidemia de cólera que diezmaba el Soho. Una fuente pública contaminada con aguas fecales, algo poco sospechoso en una época donde se creía que el contagio se daba por efluvios o “miasmas”. Fue uno de los primeros mapas epidemiológicos conocidos, historia que cobró nueva relevancia durante la pandemia del COVID.

En cuanto a los aspectos más culturales, el libro también se adentra en cómo el origen simbólico de una cultura puede influir en el destino de quienes la habitan. Es precioso el ejemplo en el que se relatan experimentos que afirman que la forma de escribir determina cómo nos movemos en un mapa, cómo nos orientamos, organizamos y trazamos nuestras ciudades. Así como la dirección de la escritura se refleja en el orden de los objetos, en culturas donde el lenguaje prioriza la orientación del cuerpo en el espacio, es decir, que se expresan en puntos cardinales y no en direcciones relativas como “izquierda” o “derecha”, ese orden cambia según la posición del cuerpo. En esos párrafos, se incluyen también las teorías del urbanista Barrie Shelton en Learning from Japanese cities, que defiende que no es casual que dibujemos mapas a base de líneas que representan calles, mientras que quienes escriben mediante kanjis piensan el espacio a través de manzanas o bloques, y no tanto en las calles que los conectan. Hasta el punto de que, en ciertos entornos urbanos, no se hace referencia a calles, sino a edificios concretos, que como los kanjis, son auténticos contenedores de significados.
Como podemos intuir a través de estos pocos ejemplos, solo una pequeña muestra de los muchos que recoge el libro, tener una dirección no es solo una cuestión técnica. Es un reflejo de la capacidad de una sociedad para organizarse y generar recursos, algo que también está atravesado por prejuicios de clase, de raza, de cultura, o por intereses económicos y de poder. Estar localizable en un mapa condiciona, en muchas ocasiones, el soporte vital de una persona en todos los sentidos. Si alguien tiene que ser “llamado a filas”, hay que saber dónde vive; del mismo modo, si alguien necesita ser rescatado de urgencia por un accidente doméstico, necesitamos conocer su dirección.
Lo que queda claro tras la lectura es que no todas las direcciones valen lo mismo. Algunas abren puertas, otras las cierran. Tener dirección puede ser un privilegio, una carga, una excentricidad o una estrategia de supervivencia. ¿Y si, en lugar de mirar los mapas como si fueran neutros, aprendiéramos a leerlos como lo que realmente son? Un espejo de las jerarquías que atraviesan nuestras ciudades, nuestras biografías y nuestros cuerpos.
Algunos datos del libro:
Título original: The Address Book: What streets reveal about your identity, race, wealt and power.
Fecha de publicación original: 2020
Traducción: María Porras Sánchez
Páginas: 304
Publica en España, Capitán Swing

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